“Papá, convive”

Aníbal Santiago · 8 agosto, 2017

El celular, esa prisión que te está quitando horas irrecuperables como madre o padre.

Jugosa, la sandía que le suministro a mi hija cada mañana para dotarla de buenas dosis de vitamina A iba desapareciendo triste, trocito a trocito, en su boca. Lancé los ojos hacia arriba sin mover la cabeza, es decir, con el mentón pegado al pecho: mediante esa mirada estática quería calcular si con el ritmo de sus bocados llegaríamos a tiempo a la escuela, pero sin que eso desviara mi concentración de la pantalla de mi iPhone.

Y si digo que la fruta era tristemente machacada por sus muelas infantiles es porque noté algo en su gesto. Me vio con ojos sin brillo: compasivos, melancólicos, resignados, afligidos. No me importó, seguí con el celular. “Apúrate que no llegas”, le dije, deslizando mi índice sobre el cristal de zafiro, saltando de WhatsApp a Facebook, a Twitter, a Google, a lo que sea. “Está bien”, aceptó y se hizo un silencio. Juntos y distantes: ella en la sandía, yo en el celular.

De pronto, su voz rompió el sigilo. “¿No vas a convivir, papá?”, preguntó. Un trueno caía sobre un castillo solitario

No recuerdo si mantuve el mentón sobre el pecho para subir la mirada sin moverme o si esta vez me esforcé y esa roca inanimada con orejas que cargo sobre los hombros, se alzó hasta quedar padre e hija frente a frente. Oí su pregunta retórica -ella no esperaba respuesta sino sacudirme de mi marasmo vegetativo- y respondí repitiendo su pregunta, ese mecanismo al que acudimos para demorar una contestación que no llega porque, simplemente, no la sabemos.

“¿Si voy a convivir?”, repuse. “Sí, ¿a qué te refieres?”. Ella explicó: “Estás todo el día viendo tu celular. Siempre, desde el desayuno”. El reclamo lo dijo en voz bajita y con lentitud: quería hacer comprender algo a un sujeto con dificultades cognitivas.

Aunque en el celular yo no tenía absolutamente nada que observar, porque no había nada indispensable en ninguna de mis 27 aplicaciones (desde el WhatsApp para fines laborales hasta el Tinder de papá soltero), desprenderme y ponerlo a un costado de la mesa fue terrible. Sentí ese desplazamiento para sacarme el iPhone de encima como el heroinómano al que una mano salvadora le retira la jeringa chorreante, cuya aguja está por penetrar su vena, y clama piedad porque sin la droga la vida es un infierno.

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Alejada mi adicción, nos cruzamos la mirada. Ahora cuéntame algo”, me dijo. Había llegado la hora del segundo paso del tratamiento. No estaba preparado. Me quedé sin palabras, sin ideas, sin humor, sin recuerdos. Ella y yo. Mi hija de nueve años en espera de un adulto capaz de ya no perder horas irrecuperables de padre. Yo, con la mente en blanco, aún recluido por los luminosos barrotes de la pantallita, que retornan a mi día a día, quizá menos que antes, pero más de lo que yo quisiera.

“Convive”, es su palabra mágica. En el parque, en el comedor, en la calle, en la sala. Entonces yo pongo en gris “datos celulares”: me saco de encima la jeringa.

De a poquito, mi hija me rehabilita.

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