Ser mamá (o papá) no es tarea sencilla, ni ahora, ni antes. Es verdad que hay mucha información disponible para dejar de poner pretextos e intentar hacer mejor las cosas cuando se trata de los críos, pero a veces (muchas veces), las situaciones alrededor de nuestra maternidad o de nuestra paternidad nos rebasan y eso hace más complicado nuestro rol. Es entonces cuando recurrimos a los famosos “castigos”, que la mayoría de las veces se quedan en amenazas y eso no le sirve a nadie.

¿Cuántas veces amenazas a tus hijos para que te hagan caso?

De verdad se los digo, soy una mamá de cuatro y eventualmente caigo en la tentación de amenazar a mis hijos con algún castigo para condicionar su conducta, (todo mal ya sé), y ¿saben qué?, no sirve para nada. A lo mejor alguna vez por ahí logro alguna reacción inmediata, pero no prospera, porque la reacción viene del miedo, no de la comprensión.

Mi papá se reía de mí porque al principio solía contar hasta el famoso 10, cuando quería que mis hijos hicieran algo (luego de pedirlo mil veces claro), y me decía: “Hija, cada vez que cuenta en voz alta me encantaría ver qué va a pasar cuando llegues al 10, porque solo les cuentas hasta el 9”. Y era verdad entonces y es verdad ahora. Si por alguna razón amenazo a mis hijos con algún castigo, por lo general, no lo cumplo.

Ahora, esto no significa que no ponga límites. Para mí es claro que los límites no solo son necesarios para criar a los niños, sino que además son un gran acto de amor cuando se trata de cuidarlo, o integrarlos a la vida para ir creciendo. Tampoco es sinónimo de no tener consecuencias, esto es ley de física: a toda acción corresponde una reacción y así es también con la manera de actuar de los niños, eso no lo paso por alto, pero siendo específica: amenazar no funciona, funciona, pero explicar el porqué sí o el porqué no de algo, sí.

A continuación te explico por qué no sirven las amenazas y cuáles son las consecuencias que les dejan:

1. La relación padres-hijos se deteriora al abusar de las amenazas y de los castigos: desde la famosa y odiosa silla de pensar, hasta cualquier mínima forma de violencia que ya debemos de una vez por todas dejar de normalizar. Aquí aplica el olvidar “más vale una colorada que mil descoloridas”, o “más vale una nalgada a tiempo”. No por favor, tenemos que ser más inteligentes emocionalmente y comportarnos como adultos responsables y no como adultos berrinchudos.

2. Las amenazas merman la confianza en dos sentidos: tus hijos pueden llegar a tenerte miedo, que no es para nada respeto, y actuar en consecuencia ocultando situaciones, teniendo temor, somatizando emociones que hasta los pueden enfermar y si no las cumples, hacen que pierdas credibilidad frente a los chicos y ahí viene el otro famoso “te toman la medida”. Por eso amenazar no conviene.

3. Las amenazas, si lo llevamos al entorno adulto, nos generan un estado de alerta, de cierto nerviosismo que no nos deja sentir en paz o tomar decisiones asertivas. Ahora, imagina a un niño amenazado por alguien que debería representar su mundo y lugar seguro y quien en cambio, representa en sí mismo la condición de hacerle daño de alguna manera cuando lo amenaza.

4. Si las amenazas de castigo se repiten como única herramienta de crianza en casa, provoca que los niños se asusten y además se genera un patrón tóxico de conducta que debilita la relación entre padres e hijos y ya hemos compartido antes que si queremos que nuestros hijos confíen en nosotros debemos estar para las pequeñas cosas, para que cuando lleguen las grandes también se acerquen sin miedo a ser rechazados.

5. A veces los castigos, cuando se cumplen, van acompañados por formas humillantes (gritos, reclamos, sermones interminables y repetitivos y a veces hasta golpes) y eso, no deja sana memoria, sino huellas de maltrato y abandono que lastiman el corazón y la esencia de un niño.

Sí hay alternativas a los castigos y a las amenazas y la mejor de ellas es la comunicación no violenta, clara y asertiva. Los niños comprenden mucho más de lo que creemos, una explicación simple de lo que esperamos o de lo que no queremos funciona mejor que cientos de gritos que solo bloquean el mensaje que queremos entregar.

Si no sabemos cómo conducirnos recordemos que siempre podemos buscar ayuda, pero es simple, somos el mismo equipo padres e hijos y lo que merecemos todos es estar bien y convivir sanamente. Queremos tener un lugar en donde podamos ser nosotros mismos y fundar cimientos que sean recursos y herramientas emocionales para nuestros hijos: crear memorias positivas, recuerdos lindos que sean agradables de traer a nuestra vida cuando sea necesario.

Hoy en día todo lo que tiene que ver con las ciencias de la felicidad o con llegar a ser la mejor versión de nosotros mismos, es algo muy socorrido. Todos queremos aprender cómo ser o vivir más felices, entonces empecemos ya desde la casa, con nuestros hijos, permitiendo que su nivel de felicidad sea óptimo y que no se empañe con nuestra falta de autocontrol, con los resultados de nuestra poca tolerancia, con nuestra mecha corta.

Haz una pausa, respira, repito: nadie dijo que fuera fácil, pero el amor de un padre o de una madre es más que un manojo de nervios que grita y amenaza por cualquier cosa, tenemos niños preciosos, tratemos de manera preciosa a su alma y a su ser. No permitamos que se conviertan en seres con miedo, o cínicos. Una familia se mantiene más unida en el amor que en la imposición que se la fuerza de tu abrazo y no el volumen de tu voz lo que les recuerde quién eres.

No amenaces, ten calma, cambia tu estrategia, ganas más por las buenas, inténtalo.