Las artimañas de la abuela: Ya no nos toca educar

Fernanda Macgregor · 2 diciembre, 2019

No nos enseñan a ser abuelos, pero tenemos la ventaja de haber sido papás y alcanzado esas herramientas para ser padres.

Soy mamá de cuatro. Abuela de uno: José María. Él está cumpliendo dos años, yo voy a cumplir cincuenta y me trae como adolescente pensando en el novio: desde que despierto me acuerdo de las gracias que hizo. De sus ojos, de cuando me tira los brazos o me hace ojitos para que lo cargue después de que lo acaba de regañar su mamá. Me acuerdo de cada palabra nueva que dice y me vuelvo a emocionar.

Nadie nos enseña a ser padres y tenemos que echar mano de todas las herramientas a nuestro alcance para educar a nuestros hijos lo mejor posible. Tampoco nos enseñan a ser abuelos, pero tenemos la ventaja de haber sido papás y alcanzado esas herramientas para ser padres.

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Además, tenemos un poco más claro que funciona y que no. Hemos recorrido mucho más camino y varias veces nos hemos dicho: “Ojalá hubiera sabido esto cuando estaba educando a mis hijos”  y sobre todo… NO ESTAMOS EDUCANDO HIJOS. Esto no quiere decir que nos da lo  mismo su educación y vamos a dejar que hagan lo que quieran, sino que no somos sus padres, tenemos la oportunidad de ser más flexibles y enfocarnos en lo que queremos y no en lo que debemos.

Sé que a Daniela, mi hija, a veces le dan ganas de matarme porque le di el dulce antes de comer o porque lo cargué cuando había hecho algo que no debía y había recibido un regaño.

En el momento, para mí estaba muy clara la situación, él sabía que le daba el dulce y yo a cambio esperaba que comiera muy bien o mientras que lo apapachaba por el llanto le explicaba que aquello que había hecho no estaba bien, que su mamá tenía la razón y había que pedirle una disculpa.

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Yo sé que ella sabe que lo único que me mueve con su hijo, es el amor infinito. Sé que sabe que tengo más experiencia que ella y que yo no estoy educando y que lo que quiero es consentirlo. Ella sabe que yo sé que una de las herramientas que tiene para que José María sea la mejor versión de él, son los abuelos.

Y sí, aunque yo sea su mamá, le haya dado la vida, me haya desvelado, trabajado, sufrido, – y cientos de adjetivos más- por ella, ahora me toca acatar las reglas que ella ponen para la educación de José María. Puedo opinar, regalarle literatura que soporte mis argumentos, dar ejemplos y de vez en cuando irme por la libre. Y a ella le toca tolerar, tener paciencia y aceptar que algunas veces me vaya por la libre o lo consiento demasiado, porque no lo va a comprender, hasta que sea abuela.

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