Por esta razón, nunca le grites a tus hijos

Soy Actitud · 12 mayo, 2017

Los gritos causan más daño que beneficios, sobre todo a largo plazo.

mama le grita a su hijo

Quien nunca le haya gritado a sus hijos, que tire la primera piedra. Sí, todos los que tienen niños se han visto inmersos en situaciones en las que parece casi inevitable, como cuando pintan las paredes con un Sharpie, o se sueltan de la mano y quieren correr solos por la calle. 

Sin embargo, gritar no es la solución, hay otras maneras de canalizar la ira maternal y, al mismo tiempo, poner límites. Sobre todo cuando conoces los efectos que tienen los gritos sobre los niños.

De acuerdo con la doctora Laura Markham, autora de Peaceful Parent, Happy Kids: How to Stop Yelling and Start Connecting, no pasa nada si gritas de vez en cuando (mientras no se trate de un abuso psicológico verdadero). Pero si los gritos son una constante, pueden tener impacto sobre la salud mental de los hijos.

Los gritos no echan a perder los cerebros de los niños, pero sí los cambian. Según Markham, cuando un niño se siente relajado sus neurotransmisores responden con bioquímicos calmantes, lo cual avisa que está a salvo. Por el contrario, cuando un niño recibe gritos, pasa lo contrario.

“El niño libera sustancias que lo ponen en modo de alerta. Puede que te golpee. Puede que huya. O puede que se asuste y se quede paralizado, como un venado bajo las luces. Ninguna de ésas son buenas para la formación del cerebro”, dice Markham.

Los adultos tienen poder sobre los niños: son seres humanos mucho más grandes que les proveen de todo lo que necesitan para vivir. Cuando las personas en las que confían los asustan, su sentido de seguridad se distorsiona y realmente los espanta.

“Se han hecho estudios en los que las personas adultas son filmadas gritando. Cuando se les mostraron las grabaciones, no podían creer la forma en que sus rostros se distorsionan”,

Y aunque un niño pequeño parezca tener la madurez de una persona mayor, aún no son lo suficientemente grandes como para ser tratados como adultos. Ni siquiera a los adultos les gusta que les griten, ¿por qué habría de ser normal con los niños?

Hay situaciones en las que no hay otra opción que gritar: cuando tus hijos están en una situación de peligro, o cuando están golpeando a sus hermanos u otros niños. Aquí la opción es gritar para atraer la atención de los pequeños, pero modular el volumen de la voz una vez que la tenemos. 

Hay que recordar que los golpes no son el único tipo de violencia, y que los gritos causan más daño que beneficios, sobre todo a largo plazo. Gritar es la alternativa fácil para educar pero, como adultos, es nuestra responsabilidad buscar formas de criar inteligentes y maduras. Somos los primeros que debemos poner el ejemplo: si nosotros abusamos de ellos, ¿cómo esperamos que no lo hagan con alguien más?

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