Incontinencia verbal

Mamá al Cubo · 22 mayo, 2015

No importa cuánto discurso les demos, ellos aprenden más de lo que hacemos.

 

Seamos honestas, las mamás somos un dolor de cabeza para nuestros hijos. Pasamos los días dando y dando instrucciones: “¡Cuidado!”, “Fíjate”, “Pon atención”, “No vayas a tirar…”, “Mira lo que haces” Aaaahhhhhh y claro que cuando hay un vaso de agua tirado llega el consabido “Te dije que pusieras atención”. ¿De verdad no nos cansamos?

Yo no me cansé. Simplemente un día de la nada me escuché hablar sin parar y me dije “¡Ya cállate!” Así me di cuenta de que todo el tiempo, pero de verdad todo el tiempo, me la pasaba diciéndoles cosas a mis hijos, porque claro, en esta casa todas esas instrucciones van multiplicadas por tres. Yisus.

La verdad es que sí. Cuando me di cuenta de mi incontenible verborrea me sentí muy avergonzada, en primer lugar con mis criaturas y luego conmigo misma. Después procuré guardar silencio el mayor tiempo posible, por supuesto que no fue nada fácil cerrar la boca. Entonces ahí me di cuenta de que ya ni siquiera registramos esta actitud, no pensamos antes de hablar y más bien es como un reflejo: en automático comenzamos con la “instruccionitis”.

Quizás me quemen en leña verde, pero cada día me doy más cuenta de que queremos hijos perfectos, no soportamos sus errores más cotidianos como tirar un vaso de agua y que esperamos de ellos no menos que perfección en su desempeño. En lo social presionamos para que saluden bien y de buenas a media humanidad; en lo familiar, que hagan caso cuando estamos en casa de los abuelos, que sean lindos o lindas con primos y primas; en la escuela, que cumplen con tareas y sean “buenos” con las misses; y en casa, buenooooo: que hagan todo lo que sus adoradas mamis les dicen a cada minuto y sin llorar, literal.

También queremos que coman todo, nunca hagan berrinches, compartan, entiendan cuando no se puede, respeten reglas y acepten límites. ¿Neta? Sé que hay muchas mamás que no esperan perfección en sus hijos y realmente lo llevan a cabo día tras día; pero luego de semanas de observar y observar a mamás en distintos ámbitos, situaciones y demás, veo que muchas, muchísimas queremos hijos felices, independientes, fuertes emocionalmente y con autoestima a prueba de balas. ¡Aaaahhhh! Pero que lo sean con el mundo cuando sean grandes, ahorita más les vale hacer lo que les decimos, como se los decimos y cuando se los decimos.

No les damos ni un segundo para que cometan sus errores y aprendan de ellos. Me refiero a errores “normales” de su edad como tirar el jugo, no ponerse el suéter al salir con mal clima y muchos otros más. Pareciera que al “equivocarse” o “fallar”, aún a pesar de nuestras constantes instrucciones, las que quedamos mal paradas somos nosotras. ¿O ya estoy alucinando mal?

Creo que la crianza debe ser educación por un lado, pero por otros más bien como acompañamiento. Me refiero a que debemos decirles las cosas, hechos y sus posibles consecuencias y luego dejarlos. Obvio no estoy hablando de que se asomen por una ventana, pero qué tal algo así como:

Mamá: Vamos a la calle, puede ser que llueva, ponte un suéter.
Hijo: No, hace calor, no creo que llueva.
Mamá: Ok. ¿Ya viste esas nubes?
Hijo: Sí, pero no están tan negras.
Mamá: De acuerdo, vámonos.
Y guardamos silencio

Escenario 1:

Mamá: ¿Viste? Te dije que iba a llover, por algo mamá dice las cosas, pero nunca me haces caso. La próxima no sales sin suéter. Te iba a comprar un dulce, pero por no hacerme caso ya no te voy a comprar nada.
Niño (silencio total) pero en su cabeza piensa: “Sí ya sé que soy un tonto y que mi mamá siempre sabe todo, hasta cuándo va a llover. Ya quiero ser grande para no tener qué hacer lo que ella dice.”

Escenario 2:

(Mamá callada)
Niño: Mamá, está lloviendo y tengo frío.
Mamá: Sí mi amor, qué mal que no trajiste suéter. (Silencio)
Niño: La próxima vez que vea las nubes grises me voy a poner un suéter.
Mamá: Estaría bien, así no tendrás frío. (Silencio de nuevo)

Entonces, ¿queremos hijos que hagan lo que deseamos porque somos sus mamás? Eso nos da un halo de perfección y sabelotodo, además de que les toca a ellos hacernos caso. O bien, ¿queremos que aprendan que ciertas cosas que dice mamá las dice pues sabe que pueden pasar, pero que las consecuencias no tienen que ver con nosotras, no las ponemos nosotras, sino que simplemente las consecuencias son? ¿Queremos que aprendan de sus errores o que nos hagan caso porque eso nos hace sentir que tenemos el poder? ¿Para qué necesitamos ese poder?

Se me ocurre que nos compramos demasiado el tema ese de “Tus hijos son tu espejo” y en esa lógica si ellos son imperfectos nosotras ¿también? ¡Qué duro!

¡Y qué carga para nuestros críos! Además también creo que de verdad el amor de nuestros hijos es infinito, porque a pesar de la verborrea nos aman por encima de todo, disculpan nuestros errores aunque nosotras mismas ni siquiera los reconozcamos. No se detienen a ver nuestros defectos y cada día al salir de la escuela nos reciben con una sonrisa o corren buscando consuelo si tuvieron un mal día.

Las mamás de hoy somos hiperreactivas a las actitudes o acciones de nuestras criaturas, así que me he propuesto hacer un experimento: poner la mayor atención posible a mí; sí, a mis actos, a mis reacciones ante lo que hacen o no hacen, a pensar cosas como ¿de verdad es el fin del mundo que se caiga un vaso de agua? ¿O es la oportunidad de enseñarle a mi criatura que si tiramos algo, pues lo levantamos o limpiamos? Pero sin “¿Ya ves? Te lo dije” o “Yo sabía que iba a pasar y por eso te dije que tuvieras cuidado”. ¿Qué tal si dejamos que las consecuencias naturales de los hechos sean las que den las lecciones?

No importa cuánto discurso les demos, ellos aprenden más de lo que hacemos, de cómo lo hacemos y entienden menos de lo que su mamá les machaca en los oídos todos y cada uno de los días.

¿Se unen a mi experimento?

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